El falso brahman
El falso brahman —¿Cómo cien gigantes indostanos? ¡TenÃan bien poca fuerza esos señores espantapájaros! Nosotros en Europa no hemos tenido más que dos gigantes, que se llamaban Sansón y Hércules, pero con sólo una quijada de asno podÃan hacer polvo a quinientos gigantes indostaneses y quizá… ¡Oh…, también oigo yo un ruido!… ¡Por Júpiter! Cualquiera dirÃa que esos colosos están arrasando el bosque. Veremos si son capaces de lanzarnos también a nosotros por los aires.
Después, alzando la voz, mandó secamente.
—¡Preparad las carabinas!…
Un enorme carro, compuesto de pesadas vigas unidas por arpones de hierro y con ruedas altÃsimas, todo macizo, hallábase inmóvil, un poco atascado en la tierra gruesa y en medio de un espléndido bosque erizado de gigantescos taras[6], tamarindos, cocoteros y mangos.
Ocho hombres montaban sobre aquella extraña fortaleza, que un vigoroso elefante habÃa arrastrado hasta allÃ, para correr inmediatamente a emboscarse en medio de un grupo espesÃsimo de mangos. El personaje que estaba al frente de todos, y que se hacÃa llamar a su capricho alteza o señor Yáñez, era un hermoso tipo europeo, de unos cincuenta y cinco años, con la espesa barba encanecida y la piel un poco bronceada por haber vivido largo tiempo en aquellas regiones ecuatoriales.
