El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Era, en efecto, una de aquellas famosas cincuentenas, armada exclusivamente con espadas y alabardas.
ComponÃase de soldados cubiertos con casco y coraza, defensas insuficientes contra las gruesas balas de los bucaneros.
Como Mendoza habÃa sospechado, iba la tropa precedida por un dogo de Cuba, perro ferocÃsimo, muy gordo y muy robusto, de un valor a toda prueba, y que los españoles empleaban especialmente contra los indios, los cuales sentÃan un miedo terrible hacia esta raza de animales.
El perro, cuando llegó junto al enorme algodonero, se detuvo, venteando ruidosamente; la cincuentena, mandada por un oficial, formó en seguida en lÃnea de cuatro en fondo, con las alabardas bajas.
—Camarada —susurró Barrejo dirigiéndose a Mendoza—. Ocupaos del chucho y cuidado con errar el tiro porque os saltará a la garganta.
—Me ocuparé de eso rápidamente —respondió el filibustero.
—En la cincuentena pensaremos el señor conde y yo.
Los tres amartillaron las pistolas y permanecieron unidos, dispuestos a desenvainar las espadas.
El dogo cubano seguÃa venteando, vuelta la cabezota hacia el algodonero y gruñendo sordamente. De seguro olfateaba a los enemigos.