El hijo del Corsario Rojo

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Un grito se alzó de la vanguardia de la cincuentena:

—¡Busca! ¡Busca!…

El dogo, al oír aquella voz, revolvióse furioso, en busca de los misteriosos adversarios que no se atrevían a mostrarse.

Mendoza, que ya lo tenía encañonado, disparó, destrozándole el cráneo, en tanto que el conde y el gascón hacían fuego sobre la cincuentena, tirando a bulto.

La cincuentena, creyendo tener que habérselas con una banda numerosa de aquellos terribles bucaneros que jamás erraban la puntería, echaron a correr por medio de los cañaverales de los pantanos.

—Ya desapareció la cincuentena —dijo el gascón, riendo—. Sin embargo, marchémonos cuanto antes, porque mañana a primera hora volverá, y si descubre por nuestras huellas que no éramos más que tres hombres, nos perseguirán encarnizadamente. En marcha, señor conde. Si traen otro dogo, os aseguro que no tendremos un solo instante de tregua.

—¡Y estos son los deliciosos paseos que se disfrutan en Santo Domingo! —exclamó Mendoza—. Prefiero la toldilla de la fragata.

Echaron a correr como si una traílla entera los persiguiese.


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