El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo El gascón, que tenÃa las piernas más largas que sus compañeros, marchaba a través del bosque, ocultándose tras los árboles, temeroso de que la cincuentena, repuesta de la sorpresa, volviera a la carga.
—Esos pÃcaros se han propuesto no dejarnos tomar resuello —murmuraba Mendoza, que respiraba como un búfalo—. ¿Cuánto durará esto?…
El gascón demostraba una resistencia increÃble y parecÃa poseer músculos de acero, porque no daba señal de detenerse.
EnergÃas no menores revelaba el hijo del Corsario Rojo, habituado a largas caminatas.
Aquella carrera furiosa duró más de una hora; luego el gascón se detuvo.
—Ya es bastante —dijo—. La cincuentena ha tenido miedo de nosotros y no ha osado darnos caza.
—Antes de que se reúna con otra o se provea de perros, pasará algún tiempo y podremos llegar a la villa de la marquesa sin que vuelvan a molestarnos.
—¿Se sabe al menos dónde nos encontramos? —dijo Mendoza, que aspiraba como el fuelle de una fragua la fresca brisa nocturna.
—Caminando siempre, se llega a ParÃs —contestó Barrejo.
—En mi tierra se dice que por todas partes se va a Roma —repuso el conde.