El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Pero no a la villa de Montelimar —replicó Mendoza, que estaba también de pésimo humor.

—Vos, camarada, murmuráis siempre de vuestro capitán —dijo el gascón—. Ese es un feo vicio.

—Ya me corregiré con el tiempo, compañero.

—Sois demasiado viejo para enmendaros.

—Los filibusteros son siempre jóvenes, camarada. Bien lo saben los enemigos.

—¡Oh! No lo niego, amigo mío; lleváis el fuego en el pecho.

—Y vos en las piernas.

—Bien, ¿y qué hacemos ahora? —preguntó el conde.

—Por mi voto, cenar —dijo Mendoza—. Esta carrera me ha despertado un hambre de tiburón.

—Conténtate por el momento con encender la pipa —respondió el conde—. Si no basta eso, apriétate bien el cinturón.

—Gran consejo —sentenció gravemente el gascón.

—Que no será provechoso para nadie —murmuró Mendoza—. Ponedlo en práctica vos.

—¿No se os ocurre nada. Barrejo? —preguntó el conde.

—Sí, que nos acostemos en medio de esta fresca hierba y que descansemos hasta el alba.


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