El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—¿Y los animales? —preguntó Mendoza—. Antes teníais gran miedo a esos animales.

—Están lejos, y además no cerraremos los ojos.

—Toda vez que no hay cosa mejor que hacer, pongo en práctica la idea —dijo el conde, dejándose caer sobre la hierba y estirándose con visible satisfacción. Hace dos días que ni este murmurador sempiterno, ni yo, descansamos. ¿No es cierto, Mendoza?

—Tal vez hará más tiempo —contestó el filibustero, imitándolo.

El gascón miró atentamente en todas direcciones, se tendió, aplicando el oído a tierra y escuchando un rato; luego, a su vez, se extendió en la mullida alfombra, diciendo:

—Nada; podemos descansar.

Sin embargo, no era muy fácil conciliar el sueño.

Los sapos seguían cantando, con más estrépito a cada instante; los caimanes hacían lo posible por imitarlos y las ranas los coreaban con verdadera furia, como si se hubiesen puesto de acuerdo para impedir que Mendoza durmiese ni un cuarto de hora.

Era ya muy tarde y el alba no tardaría en despuntar. En el Golfo de México el sol trasmonta temprano y sale también muy pronto.


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