El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo A las tres y media, durante el estÃo, el cielo se tiñe con los primeros reflejos de la aurora y las estrellas se apagan.
Los tres filibusteros, porque el gascón podÃa considerarse como tal, habÃan descansado un par de horas, siempre con el oÃdo alerta, temerosos de que los perros de las cincuentenas los sorprendiesen, cuando las tinieblas comenzaron a desvanecerse.
—En marcha, señor conde —dijo el gascón, levantándose de un brinco—. Tratemos de orientarnos.
—¿Está ya compuesta la brújula que lleváis en el cerebro? —preguntó Mendoza, con socarronerÃa.
—El sol se encargará de arreglarla —contestó el aventurero.
—Pues confiemos en mecánico tan hábil.
—Lo veréis, camarada…
Iban a ponerse en camino, cuando oyeron a corta distancia un disparo.
—¡La cincuentena! —gritó Mendoza; dando un salto.
—SÃ, que dispara con las alabardas —contestó el gascón—. Apuesto en cambio a que es la señal del desayuno. Señor conde, ¿sois conocido de los bucaneros?
—Si no me conocen a mÃ, conocieron mucho a los tres corsarios: el Rojo, el Negro y el Verde.