El hijo del Corsario Rojo

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La carne de buey o de jabalí, ligeramente asada, o a lo sumo sazonada con pimienta o con zumo de limón, porque no siempre disponían de sal, constituía su alimento diario; como bebida solo empleaban agua, a veces no muy pura, por tener que habitar en los alrededores de los pantanos, más frecuentados por los grandes animales salvajes de los inmensos bosques que ocupaban todo el centro de la anchurosa isla.

En cuanto a comodidades, aquellos intrépidos cazadores no disfrutaban más que de una choza casi igual a las que construyen los polinesios o los negros de África, apenas suficiente para resguardarles de las abundantes lluvias y de los ardientes rayos del sol.

Como en un principio no tuvieron mujeres ni hijos, adoptaron la costumbre de vivir dos a dos o de tomar un novicio, a quien no siempre trataban muy bien, para ayudarse mutuamente.

En aquella extraña sociedad todo era común, y el que sobrevivía a su compañero le heredaba en su fortuna.

Había entre todos cierta comunidad de bienes, así que lo que faltaba a uno iba a tomarlo de su camarada, sin pedirle siquiera permiso, y el acto de negarlo era considerado como injuria grave.


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