El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Difícilmente se promovían cuestiones entre ellos por esta causa, y si surgían, los amigos estaban prontos a apaciguarlos, si los querellantes se obstinaban en no hacer las paces, termina el conflicto a tiros; pero ¡ay si alguno era herido en el costado o en la espalda!
Cogían al reo y de un mazazo en el cráneo lo enviaban en el acto al otro mundo; porque aquellos aventureros, aunque procedentes en su mayoría de la hez de las grandes capitales de Europa occidental, juzgábanse hombres de honor.
Huelga advertir que prescindían de las leyes de su país nativo, porque se consideraban completamente libres después de pasar al trópico y de recibir el bautismo de los marinos, ceremonia muy en uso para los que por vez primera atravesaban la línea ecuatorial.
Acaso por esto, abandonando sus nombres verdaderos, adoptaban otros tomados a capricho.
No olvidaban totalmente su religión primitiva, fuesen franceses, ingleses u holandeses; pero esta consistía solo en nombrar a Dios y en formarse de Él una idea adecuada a sus costumbres.
Resultaba muy extraña la forma en que contraían matrimonio en ocasiones con mujeres indias en su mayoría o prisioneras europeas, compradas como esclavas en la Tortuga.
—Tendrás desde ahora que darme cuenta de todo lo que hagas —decían aquellos hombres fieros.