El hijo del Corsario Rojo

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—¿De modo que habré de atravesar el istmo para encontrarlos? —preguntó el conde, que no parecía muy satisfecho por aquellas noticias.

—Capitán —dijo Mendoza, observando el mal humor del corsario. Pueblo-Viejo se halla en el istmo y no podremos llegar hasta allí con nuestra fragata. Visitaremos la linda ciudad para estrecharle la mano al marqués de Montelimar, luego iremos en busca de los tres famosos filibusteros, sin los cuales nada podríamos hacer.

—Tú siempre tienes razón, amigo —dijo el conde, tranquilizándose un poco.

—He aquí mi cabaña —interrumpió en aquel momento el bucanero, mientras los perros corrían, ladrando alegremente.

Bajo un grupo de altísimas palmeras elevábase una mísera habitación, formada con ramas mal entrelazadas y cubierta con pieles para resguardar mejor al dueño y a su criado de las lluvias torrenciales que de vez en cuando caen sobre la isla con verdadera furia.

En un cobertizo construido a pocos metros de distancia, encontrábase la cocina, constituida por tres o cuatro piedras que debían servir de chimenea, por dos asadores y por una vasija de barro llena de agua.

Alrededor veíanse pieles de búfalo puestas a secar y trozos de carne ahumada, cubiertos con gigantescas hojas de plátano.


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