El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Mi palacio —dijo el bucanero riendo—. Necesita muchas reparaciones, pero no tengo tiempo de convertirme en arquitecto. Entrad, señor conde.

El interior de la choza no valía más que el exterior. Un montón de hojas secas servía de lecho y era todo el mobiliario del cazador, el cual tal vez en otro tiempo estuvo acostumbrado al lujo refinado de la capital de Francia.

Suspendidos de palos, había cuchillos manchados de sangre hasta la empuñadura. Cuernos inmensos conteniendo probablemente pólvora; sacos de cuero con proyectiles grandes y pequeños y calabazas que servían de frascos.

—Una habitación de indios —dijo el conde.

—Mucho peor —replicó el bucanero—. Esos salvajes saben fabricar cabañas bastante más cómodas que las nuestras. Descansad mientras preparo la comida. Aquí está ya mi criado, que trae una carga regular.

El joven, cubierto de sangre desde los pies a la cabeza, avanzaba penosamente, llevando a cuestas grandes trozos de carne del búfalo y una magnífica lengua.

—Date prisa, Cortal —dijo el bucanero, con tono áspero—. Tenemos invitados y hay que ofrecerles una buena comida. ¿Queda jabalí fiambre?

—Sí —respondió el joven—. ¿Y la piel del búfalo?


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