El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Más tarde irás a recogerla. Nadie se la llevará.
El siervo arrojó la carga en medio de la hierba, dirigió de soslayo una mirada a los huéspedes, llevóse la diestra manchada en sangre al ala de su sombrero descolorido y agujereado en diez sitios por lo menos, luego alimentó el fuego, en tanto que el amo preparaba la lengua y la colocaba en el asador.
—No envidio la existencia de ese pobre muchacho —dijo el gascón, señalando al novicio—. Acaso también perteneció en otro tiempo a una familia distinguida.
—¿Cuánto dura el aprendizaje? —preguntó el conde.
—Tres años ordinariamente —contestó Mendoza—. Después pasan a su vez a bucaneros; pero son tres años de tribulaciones, porque reciben el mismo trato que los esclavos, y no les ahorran fatigas ni sufrimientos de toda clase. Los bucaneros, habituados a vivir siempre en medio de sangre, se hacen en seguida brutales, y para ellos matar a un toro o a un hombre es lo mismo. Solo tienen una cualidad buena: son leales y hospitalarios. Cuando el novicio se convierte en bucanero, no tratará mejor al muchacho que tome a su servicio. Cualquiera diría que intentan a su vez vengarse de los golpes sufridos durante la esclavitud.