El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Mientras charlaban, Botafuego y su criado se afanaban por preparar cuanto antes la comida muy abundante, es cierto, pero muy modesta, porque solo consistía en un trozo de jabalí fiambre, en la lengua de búfalo asada y en algunos tubérculos que mal o bien podían substituir al pan que faltaba en absoluto, porque aquellos cazadores rara vez lograban encontrar un poco de trigo, y entonces celebraban un verdadero festín.
El asado pronto estuvo listo, y fue servido por el novicio en una hoja de plátano, con algunos huesos ya partidos para que se pudiese sorber; con más comodidad el tuétano crudo y tibio aún.
—Siento mucho, señor conde, no tener otra cosa que ofreceros —dijo Botafuego, que hacia esfuerzos por aparecer amable—. Si aún poseyese mi castillo de Normandía, otra acogida hubiera dispensado al sobrino del gran Corsario Negro… ¡Bah! —añadió luego, mientras su frente se contraía y en su bronceado rostro se pintaba viva emoción—, no hay para qué despertar lejanos recuerdos. El pasado ha muerto para mí después de atravesar el Océano. Comamos, señores…
Cortó con un cuchillo enorme un trozo de lengua y otro de jabalí, partió en varios pedazos uno de los tubérculos con movimientos de ira que revelaban profunda agitación y con el gesto hizo seña a los invitados de que se sirviesen.