El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Comieron en silencio. El conde, de vez en cuando, miraba al bucanero; este, cual si temiera que adivinasen la causa de su honda emoción, bajaba los ojos y volvía constantemente el rostro, con el pretexto de comunicar algunas órdenes al criado. Cuando terminó la comida, Botafuego ofreció a sus huéspedes gruesos cigarros hechos por él mismo con tabaco probablemente robado en las plantaciones españolas; luego dijo a Cortal, que había devorado su ración fuera de la cabaña, junto al fuego:
—El frasco reservado para las grandes solemnidades: tenemos aquí a un conde, amigo.
El criado buscó en el tronco de un plátano y sacó una calabaza enorme y varios vasos de cuerno de búfalo y en seguida llevó una y otros a la choza.
—Señor conde —dijo el bucanero con cierta amargura—, no puedo ofreceros champaña, ni Borgoña, ni Medoc, porque no estamos en Francia. Aquí solo disponemos de mezquino aguardiente, lo único que da la isla. A veces busco mis provisiones de este licor y jugándome la vida… provisiones que algunas noches me son necesarias para olvidar el pasado, para no llorar… Aceptad, señor conde.
—Estáis muy conmovido, Botafuego —dijo el señor de Ventimiglia.