El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Hay que ser fuerte, señor conde —replicó el bucanero—. Después de atravesar la lÃnea ecuatorial; después de haber jurado olvidar mi NormandÃa… mi castillo… una hermana querida que para mà ha muerto para siempre… un noble padre que reposa allà junto a mi madre en la cripta de la abadÃa… ¡Mil truenos! ¡Bebed, señor conde… yo también beberé!…
Cogió con rabia el vaso de cuerno y lo vació de un trago, gritando luego:
—¡Más, Cortal! ¡Más! ¡Es necesario ahogar los recuerdos lejanos! ¡Ah! ¡Qué suerte tan triste la mÃa!
El rostro del feroz bucanero aparecÃa alterado de un modo espantoso. No lloraba, pero adivinábase que hacÃa esfuerzos supremos por contener las lágrimas, avergonzado acaso por revelar el secreto de sus penas.
—Bebed, señor conde —siguió diciendo al cabo de algunos instantes, vaciando otra copa—. Nunca esperé hospedar en esta miserable cabaña a un hidalgo de la lejana Europa. Aguardaba que un dÃa… era seguramente una locura… llegase a buscarme un hombre por casualidad o por combinaciones…
—Continuad, Botafuego —dijo el conde—. Estáis entre amigos.
El bucanero bebió un tercer vaso de aguardiente; luego, dominado por ira terrible, siguió con voz entrecortada: