El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Mi padre, antes de embarcar con rumbo a América en unión de sus hermanos el Corsario Negro y el Verde, para tomar venganza, casó con una duquesa del Brabante, que murió muy joven, después de haberme dado a luz; yo no llegué a conocerla —dijo el conde de Ventimiglia, con triste acento—. En una de sus correrías a través del golfo mexicano, mi padre naufragó y encontró seguro asilo cerca del gran cacique de Darién, enemigo encarnizado de vuestros compatriotas, señora marquesa. Recibió auxilios, honores y le fue ofrecida por esposa una princesa del país, de la cual tuvo una hija. Cuando mi padre se vio sorprendido en los arrecifes de Maracaibo, cuando lo prendieron y lo ahorcaron, no como a un valeroso marino que luchaba por una causa santa, sino como a un malhechor vulgar llevaba consigo a la niña. ¿Qué hizo de ella vuestro cuñado, el marqués de Montelimar, exgobernador de Maracaibo? Lo ignoro. He venido aquí para pedirle estrecha cuenta de mi hermana, y si le ha dado muerte, os juro, señora, que el acero de los Ventimiglia, no perdonará a nadie. Educado en la corte de los duques de Saboya ignoré siempre que mi padre hubiese dejado una hija. Informado hace un año por Morgan, el famoso conquistador de Panamá, y ahora gobernador de Jamaica, de este hecho, que él conocía probablemente por su esposa Yolanda, la hija del Corsario Negro, he venido a buscar a mi hermana. Corre por sus venas sangre india, pero es hermana mía y la encontraré o ¡vive Dios! renovaré las hazañas de los tres corsarios y no volveré a Europa sin haber realizado terribles venganzas.