El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Mi padre y sus hermanos convirtiéronse en corsarios para realizar una venganza —dijo el conde con voz ronca—. Es probable que también yo tenga que ejecutar otra; pero esto, señora, debe quedar entre Dios y yo…
El bucanero llenó la copa del conde, diciendo:
—Bebed, señor; el aguardiente adormece o ahoga, en mÃ, más de lo que podáis suponer, los recuerdos terribles; este delicioso vino de España calmará los vuestros…
En el momento mismo en que el conde, convencido acaso por las razones del misterioso aventurero, iba a vaciar el vaso, un negro entró precipitadamente, desencajado el rostro, la piel amarillenta, los ojos de porcelana muy dilatados, diciendo:
—Aquà está, señora…
—¿Quién? —preguntó la marquesa, frunciendo el entrecejo.
—Una cincuentena entera.
—¿Con qué derecho?
—Orden del gobernador de Santo Domingo.
—Ese caballero empieza a resultarme un poco enojoso… —dijo la marquesa, levantándose—. Amigos mÃos no me parece prudente que permanezcáis aquÃ. Nos han interrumpido una cena deliciosa, pero yo no tengo la culpa. Marto, avisa en seguida a los dos hombres que comen en la terraza.