El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Qué intentáis hacer, marquesa? —preguntó el bucanero.
—Ocultaros.
—¿En esta casa? Con una orden del gobernador la registrarán, desde la cueva hasta los desvanes.
La señora de Montelimar sonrió.
—Dejadme hacer —dijo.
—¿Tenéis aquà también algún escondrijo secreto?
—Os ocultaré en la bodega.
—MagnÃfico lugar —dijo Mendoza, que entraba en aquel momento, seguido del gascón.
—Marto, acompaña a estos señores a la última bodega, a la que está llena de toneles. Los españoles no llegarán hasta allÃ, yo respondo de ello, conde.
Los cuatro hombres siguieron al esclavo negro, que llevaba varias antorchas y un cesto donde habÃa guardado los restos de la cena.
Al llegar al extremo del anchuroso patio. Marto abrió una puertecilla y descendió por una escalera estrecha y húmeda; luego atravesó una espaciosa cueva llena de toneles grandÃsimos.
—Compadre —dijo el gascón, dando a Mendoza algunos golpes en la espalda—, aquà tenemos para beber hasta reventar.