El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Y beberemos —respondió el filibustero—. Cataremos de todos estos barriles. La marquesa no probará más que vino de Málaga o de Alicante…
Atravesaron varias cuevas y llegaron al fin a la última, que era muy larga y estrecha y se hallaba también llena de barriles y de botas.
—Esto es un paraÃso algo obscuro; pero, con todo, un paraÃso —dijo Mendoza relamiéndose.
—Pasad, señores —exclamó el negro—. Tengo que obstruir la entrada con toneles.
—Espero que no nos sepultarás vivos —dijo el gascón.
—No tengáis ese temor —contestó el africano, sonriendo.
El conde, Botafuego y los dos aventureros se apresuraron a refugiarse en la cueva, llevando las antorchas, los arcabuces y el cesto con las provisiones, en tanto que Marto arrastraba hasta la puerta, baja y estrecha, un gran tonel, obstruyendo y ocultando el paso completamente.
—Confiemos en que esta sea la última aventura —murmuró el conde, clavando en tierra una antorcha—. ¿Qué decÃs, Botafuego?
—¡Hum! —exclamó el bucanero, que no parecÃa muy tranquilo—. No sé si la marquesa se atreverá a desobedecer una orden escrita del gobernador de Santo Domingo.