El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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Los cañones del alcázar, montados en grandes pernos giratorios, descargaron sobre las dos barcas más próximas una terrible granizada de metralla, en tanto que las diez piezas de estribor lanzaban proyectiles a la espesura, en medio de la cual se ocultaba la artillería española.

Una de las cinco chalupas, la segunda, acribillada por los proyectiles, se hundió repentinamente. Las demás no interrumpieron por esto su marcha y continuaron avanzando, mientras que los arcabuceros redoblaban el fuego.

El hijo del Corsario Rojo, comprendiendo que tenía que habérselas con gente decidida, llevóse la bocina a los labios y gritó:

—¡Todos los bucaneros sobre cubierta!…

Los buques corsarios llevaban siempre a bordo un gran número de aquellos maravillosos tiradores. Puede asegurarse que constituían la verdadera fuerza, porque, como ya se ha dicho, aquellos intrépidos cazadores no erraban jamás el tiro.

A la voz de mando lanzada por el conde treinta hombres de rostros bronceados y muy barbudos, salieron rápidamente a la cubierta, armados con pesados arcabuces de cañón larguísimo y se extendieron a lo largo de la banda de estribor y por el altísimo alcázar.


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