El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Vosotros a las chalupas! —gritó el señor de Ventimiglia—. Nosotros a las cincuentenas y a la artillería española.
La batalla se había empeñado con gran ardor de una y otra parte.
Tronaban furiosamente los veintidós cañones de la fragata, y las baterías españolas, que debían hallarse bien emplazadas tras las altas rocas del cabo y en la espesura, respondían con igual rabia.
Era casi golpe por golpe.
Las chalupas, en tanto, no cesaban de avanzar, estrechando el cerco, sin cuidarse del peligro de ser volcadas por la proa de la fragata.
Los bucaneros, sin embargo, detuvieron en seguida su avance. Una lluvia terrible de plomo cayó sobre ellas, causando estragos tremendos.
Serenos, impasibles, disparaban a golpe seguro, matando o inutilizando a un hombre cada vez que hacían fuego.
El «Rayo», guiado por Mendoza, que era el mejor piloto que había a bordo, como también el más seguro artillero, viró de bordo cerca del cabo para recibir el viento de popa y, después de disparar la última andanada, reanudó la marcha, vuelta la proa hacia poniente.
Los artilleros españoles continuaron un rato haciendo fuego, perforando algunas velas, luego lo suspendieron, convencidos de la inutilidad de sus esfuerzos.