El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Y bien, amigo Barrejo, ¿qué decÃs? —preguntó el conde al gascón, que permanecÃa a su lado, sin revelar la más ligera turbación.
—Digo, señor, que estos filibusteros tienen en mitad del pecho un trozo de cola del compadre Belcebú —contestó el soldado—. He asistido a varios combates en Francia y en España, y nunca he visto hombres tan intrépidos. Uno de vuestros arcabuceros disparaba y fumaba al mismo tiempo.
—Pronto presenciaréis el segundo acto de la función.
—¿Volveremos a batirnos?
—Estamos siguiendo una pista.
—¿A qué pieza?
—Al «Santa MarÃa».
—Lo conozco, es un magnÃfico galeón muy bien armado, señor conde. Por el momento no llevará un maravedà a bordo, porque parte de Santo Domingo. Es probable que vaya a cargar barras de oro en Veracruz, y, por tanto, os aconsejarÃa que aguardaseis al regreso.
—No es dinero lo que busco —contestó el señor de Ventimiglia encogiéndose de hombros—. Soy un corsario algo distinto de los demás, y no es la sed de oro o de conquistar lo que me ha hecho abandonar a Europa.
Luego, como hablando consigo mismo, añadió:
—¡Cinco o seis horas de ventaja! Será necesario desplegar más lona…