El hijo del Corsario Rojo

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Y en el acto dio una orden a los marineros.

—¿No os parece, amigo Barrejo —prosiguió—, que ha llegado el momento de descansar? En tres días no hemos dormido seis horas.

—Estoy conforme, señor —repuso el aventurero, que bostezaba como un galgo—. Los gascones pueden pasarse sin dormir, según afirman en mi país, pero yo creo que se engañan.

—Entonces buenas noches —dijo el conde, riendo—. Que Mendoza os acompañe a un camarote.

Descendió al puente, cambió algunas palabras con el segundo de a bordo y desapareció bajo el alcázar.

—No se me ocurre nada mejor que imitarlo —murmuró el gascón—. Aquí no hay toneles que saquear…

La fragata, en tanto, seguía con rumbo a poniente, apresurando la marcha. Hallábase cubierta de velas y hacía cara al mar, subiendo y bajando graciosamente a impulso de las olas del Golfo de México.

Los daños causados por el combate, daños casi insignificantes, fueron reparados muy pronto por la marinería; los pocos heridos quedaron confiados al médico de a bordo.

En la toldilla permanecieron veinticinco hombres para el servicio de las velas y algunos artilleros.


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