El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Siete u ocho gavieros treparon a las cofas para dar aviso en el caso probable de que el «Santa María» se mostrase, porque los galeones nunca fueron grandes veleros, a causa de su extremada pesadez.
La noche pasó sin novedad. El «Rayo» avanzaba rápido, ora hacia el Sur, ora hacia la costa de Santo Domingo, sin lograr descubrir al galeón.
Apenas comenzó a clarear, el Corsario Rojo apareció sobre cubierta, dispuesto a empeñar la lucha con el «Santa María». El gascón, huelga decirlo estaba allí al lado de Mendoza.
Tenía empeño en demostrar que los naturales de su país no eran dormilones, y que él no cedía a los marineros, acostumbrados a largas vigilias.
—¿No hay necesidad de mover las manos? —preguntó al conde, que observaba atentamente el horizonte con un buen anteojo—. Mi acero se cansa de estar siempre ocioso; ya tiene media pulgada de orín. Al embarcar en una nave filibustera, imaginé que tendría mucho trabajo.
—Y los cañonazos de anoche, amigo Barrejo, ¿los habéis olvidado?
—Los oí solamente, señor conde.
—Debisteis detener las balas con vuestra famosa espada.
El soldado hizo una mueca.