El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Tened por seguro que no os faltarán ocasiones para demostrar que los gascones no son menos que los filibusteros —añadió poco después el conde—. Aguardad a que se presente el «Santa MarÃa».
—¿Lo abordaremos?
—Los galeones no se rinden sin combatir. No son carabelas, amigo. Ya lo veréis…
Un grito que resonó en lo alto le cortó la frase.
—Vela a babor, frente al trinquete.
—Ya veis cómo os quejabais sin fundamento, amigo Barrejo —afirmó el conde, apuntando con el anteojo en la dirección indicada por el gaviero.
Mendoza llevóse el silbato a los labios. Llamaba a la guardia franca y a los artilleros.
El lugarteniente, que poco antes se habÃa acostado, apareció en el acto sobre cubierta, en tanto que en las baterÃas se gritaba:
—¡A las armas!… ¡El «Santa MarÃa»!…