El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Échate aquí, y si tienes sueño, duérmete. Yo quedaré de centinela.

—¿Pretendes burlarte de mí? ¿Un viejo marinero del «Rayo», que ha servido al Corsario Negro, dormirse cuando el joven conde de Ventimiglia corre peligro? Estás loco, Martín.

—Pon tres cargas de tabaco en la pipa.

—Diez, si tú quieres, con tal de tener siempre abiertos los ojos para defender al hijo del pobre Corsario Rojo.

—Calla, Mendoza. Alguien se acerca…

Los dos hombres, que estaban sentados en la escalinata de una vieja iglesia, pusiéronse en pie de un brinco, apoyando las manos en las pistolas medio ocultas en las anchas fajas de lana roja ceñidas a la cintura.

Eran dos hombres robustísimos, de edad muy diferente. En tanto que aquel que se llamaba Mendoza contaba al menos cincuenta años, el otro apenas tenía la mitad. Ambos eran robustos, de mediana estatura y tenían brazos y pecho enormes y espaldas de bisonte.

Solo diferían un poco en el color de la piel. Mientras la del primero era ligeramente bronceada, la del segundo era negra y no tenía un pelo ni en la barba ni en los labios.

—¿Viene? —preguntó el anciano—. Tú tienes mejores ojos que yo. No soy un salvaje como tú, querido Martín.


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