El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —No esperaba yo que me infirieses semejante ofensa.
—Niega que eres compadre o por lo menos pariente de Belcebú. Según dicen, el diablo es negro.
—Tú no lo has visto nunca, Mendoza.
—Ni tengo prisa por conocerle —respondió el viejo—. ¿Lo ves?
—Un hombre se dirige hacia nosotros.
—¿Será acaso el señor de Ventimiglia?
—No soy leopardo.
—Sin embargo, tu padre y tu abuelo conocÃan a estas hermosÃsimas fieras, porque vivÃan en su paÃs…
En aquel momento oyóse un ligero silbido, luego un hombre se dirigió rápidamente hacia la escalinata de la vieja iglesia.
—¡El señor de Ventimiglia! —exclamaron los dos marineros, levantándose.
Era, en efecto, el conde de Miranda, o mejor de Ventimiglia, sobrino del famoso Corsario Negro, quien se acercaba, volviendo de vez en cuando la cabeza, como si temiera que alguien le siguiese.
—Buenas noches, valientes —dijo—. ¿Qué hay de nuevo, Mendoza?
—Nada, señor conde —repuso el viejo filibustero.
—¿No habéis sabido del señor de Robles?