El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Hemos interrogado a más de veinte personas y hemos emborrachado a otras tantas; pero nadie ha podido decirnos dónde se encuentra el secretario del marqués.
—Y, sin embargo, me han afirmado que se encuentra aquà —afirmó el señor de Ventimiglia—. Él únicamente puede decirnos los nombres de los que han pronunciado la infame sentencia contra el Corsario Rojo y el Verde y los han hecho ahorcar.
—¿No habrá olido ese tunante el peligro y escapado? Ya sabéis que los españoles cuentan con muchos espÃas.
—¡Imposible! Todo el mundo cree que nuestra fragata es una nave española, dispuesta a proteger la ciudad contra una sorpresa de parte de los bucaneros y de los filibusteros —respondió el conde—. Si hubiesen concebido alguna sospecha, los galeones y las carabelas que se encuentran aquà nos habrÃan atacado. ¿Habéis notado algo extraño en el puerto?
—No, señor conde. Las naves mercantes han cargado azúcar y café y las de guerra no han levado el ancla —respondió Mendoza.
—Con todo, no me siento tranquilo. BastarÃa la más pequeña imprudencia para que nos bombardeasen los fuertes y la flota.