El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Nadie la cometerá, señor conde, la tripulación permanece constantemente a bordo y he hecho colocar centinelas al pie de las dos escaleras y hasta dentro de las chalupas.

—A pesar de esto, querría marcharme lo más pronto posible. Esta comedia no debe durar mucho tiempo, y mi empresa podría acabar aquí. ¡Ah! Si lograse ver a la marquesa durante diez minutos siquiera, me ahorraría la molestia de buscar a ese invisible caballero. Debe saber algo de la infamia cometida por su cuñado.

Detúvose un momento; luego añadió:

—Aún no se habrá acostado; probemos. Valientes, tened preparadas las espadas y las pistolas.

—Hace tres horas, capitán, que aguardamos una buena ocasión para mover las manos —dijo Martín.

—Seguidme…

Después de asegurarse de que la calle estaba desierta, la atravesaron sin hacer ruido y se dirigieron al palacio de Montelimar, que se encontraba a corta distancia.

El conde, en vez de acercarse al portal, dio la vuelta al magnífico jardín, rodeado por una verja de hierro, que se extendía hasta los muros del edificio.

Miró hacia arriba y vio dos ventanas iluminadas todavía.

—Aún están despiertos —murmuró.

De repente se estremeció.


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