El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Por las ventanas abiertas salÃan notas dulcÃsimas.
Alguien tocaba un bandolÃn en el palacio. ¿Quién? Seguramente no era un esclavo ni una doncella. No se habrÃan atrevido a tal cosa si la marquesa se hubiese acostado.
—¿Será ella? —se preguntó.
Volvióse hacia los dos marineros, que habÃan desenvainado sus largas espadas para prevenirse contra una posible sorpresa.
—Tenemos que saltar la verja —les dijo.
—Eso resulta un juego de niños para dos marineros —respondió Mendoza.
—Lancémonos al abordaje —añadió MartÃn.
El conde trepó por los barrotes de hierro, llegó hasta lo alto con la agilidad de una ardilla y se dejó caer al otro lado sobre un macizo de hermosas flores.
Los dos marineros saltaron al jardÃn casi al mismo tiempo.
—¿Hay que pelear aqu� —preguntó Mendoza.
—Deja en paz, por ahora, a tu espada —contestó el conde de Ventimiglia—. Más tarde veremos si hace falta un buen trozo de acero. Seguidme sin producir ruido.
Atravesaron el jardÃn y con cuidado para que no crujiese la arena de los paseos, llegaron hasta las dos ventanas iluminadas.