El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo El bandolÃn continuaba ejecutando una dulcÃsima seguidilla.
—No puede ser más que la marquesa —murmuró el conde—. Esta noche, durante la fiesta, han tocado esa seguidilla y la marquesa intenta repetirla. ¿Será posible que yo tenga tanta fortuna?…
Un «bombax» gigantesco, que medÃa más de treinta metros de alto, con el tronco cubierto de retoños espinosos, alzábase junto a uno de los muros del palacio, extendiendo sus ramas hasta casi tocar las ventanas iluminadas.
—Esto es lo que buscaba —murmuró el conde—. Quedaos aquà y no tengáis cuidado —dijo a sus hombres—. Mi ausencia no será larga.
Agarróse con precaución a los vástagos del árbol para no herirse las manos y comenzó a subir, en tanto que Mendoza y MartÃn se tendÃan junto al tronco, ocultándose casi enteramente entre las altas hierbas que crecÃan alrededor.
Bastaron pocos segundos al robusto y agilÃsimo caballero para alcanzar una gruesa rama que se apoyaba en una de las dos ventanas iluminadas.
Miró a través de los cristales.
La ventana correspondÃa a un elegante gabinete, con las paredes cubiertas de ricos tapices y amueblado con suntuosidad, aunque todos los muebles eran pesadÃsimos, según la moda de la época.