El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Una araña de plata, con multitud de candeleros, lo iluminaba vivamente.
Sin embargo, no se veía a nadie, aunque el bandolín no cesaba de tocar.
Un objeto atrajo al punto la atención del conde. El vestido de seda, guarnecido de esmeraldas, que la marquesa había lucido en la fiesta y que aparecía sobre un divancito morisco centelleante con los bordados de oro y plata.
Disponíase a saltar, cuando oyó a Mendoza, que preguntaba:
—¿Quién vive?
—Eso os pregunto: ¿qué hacéis aquí bribones?
—¿Bribones nosotros? —gritó Martín.
—¡El conde de Santiago! —murmuró el hijo del Corsario Rojo rechinando los dientes—. ¡Ah! ¿Vienes a desbaratarme mis proyectos? El catorce matará al trece…
Como la altura en que se encontraban no excedía de cuatro metros, el ágil joven se dejó caer al suelo.
Mendoza y Martín hallábanse, espada en mano, frente al capitán de alabarderos, que también había desnudado el acero.