El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Oh! —exclamó el militar con burlón acento—. ¡El conde Miranda que cae de lo alto! ¿Estabais haciendo provisiones de fruta de «bombax»? Os advierto que son malÃsimos y que solo sirven para fabricar un algodón pésimo.
—Y vos habéis venido para coger flores, ¿verdad? —preguntó el conde de Ventimiglia, rojo de cólera.
—También pudiera ser; pero al menos yo las corto en tierra, mientras que vos buscáis las frutas junto a las ventanas, sin pensar en que si perdéis pie quedaréis cojo para toda la vida, lo que constituirÃa una verdadera desgracia para un joven tan gallardo.
—Me parece que os burláis —dijo el conde de Ventimiglia.
—¿Y si fuera as� —preguntó el capitán.
—Pienso que no serÃa este el lugar a propósito. Las ventanas están iluminadas y me desagradarÃa que nos viesen.
—¿Quién?
—Alguna persona.
—¿La marquesa de Montelimar? —preguntó el capitán irónicamente—. Si es esa señora quien puede impresionarnos, busquemos sitio donde nadie irá a molestarnos. ¡Oh! Conozco este jardÃn y sé de un bellÃsimo prado que parece hecho de encargo para cruzar dos espadas.