El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Es un desafÃo, si no me engaño, lo que me proponéis?
—Entendedlo como queráis, poco me importa.
—¿Dónde está ese prado? —preguntó el conde de Ventimiglia con ira—. Tengo prisa por resolver este asunto.
—¿Prisa por morir?
—Aún estoy vivo, caballero, y si vuestra mano es ligera, también lo es la mÃa.
—Asà el acuerdo será perfecto —respondió el capitán, siempre irónico—. Os advierto, sin embargo, que la semana última he enviado al otro mundo a un rival que me hacÃa sombra.
—Ya me lo habéis dicho y no me produce efecto alguno. ¡Oh! Yo he dado muerte a más de uno y de dos capitanes, y eran españoles como vos.
—¿Qué cosa habéis dicho? —preguntó el conde.
El hijo del Corsario Rojo mordióse los labios, arrepentido de haber dejado escapar estas palabras.
—Señor conde —dijo el capitán— ¿queréis seguirme hasta el prado? Allà podremos charlar tranquilamente y además divertirnos.
—Estoy a vuestra disposición —contestó el hijo del Corsario Rojo.