El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—¿Y esos hombres —preguntó el conde de Santiago, señalando a Mendoza y a Martín—, no nos proporcionarán alguna molestia, si no a vos, al menos a mí?

—Suceda lo que suceda, esos marineros no nos molestarán a ninguno; os doy mi palabra de honor.

—Me basta; venid, caballero. Tal vez servirán de algo —añadió luego con su habitual acento burlón.

El capitán internóse en un bosquecillo de palmeras, lo atravesó seguido siempre del Corsario y de los dos marineros, y desembocó en una minúscula pradera cubierta de espesa hierba y rodeada por todas partes de árboles frondosos.

—He aquí un lugar magnífico para platicar libremente —dijo, volviéndose hacia el conde de Ventimiglia.

—Y también para matarse sin que nadie intervenga, ¿verdad, capitán? —preguntó el hijo del Corsario Rojo.

—En este sitio pueden solazarse dos personas sin correr el peligro de que nadie las moleste —replicó el capitán.

El conde de Ventimiglia cruzó los brazos, y mirando al conde de Santiago, iluminado por los rayos de la luna que en aquel momento se elevaba en el horizonte, le preguntó con voz breve:

—¿Qué deseáis ahora? Decídmelo pronto, porque tengo mucha prisa.


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