El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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También en la cubierta los estragos eran grandes, especialmente en el galeón, que no tenía cañones emplazados en el alcázar; además, sus arcabuceros no podían competir en la precisión de los tiros con los formidables bucaneros.

No habían transcurrido diez minutos, cuando el «Rayo» envuelto en una nube de humo, cayó sobre el «Santa María».

El lugarteniente, que empuñaba la barra del timón, abordó al barco enemigo por la popa, enredando el bauprés en los obenques del artimón, en tanto que los gavieros de proa hacían esfuerzos para atenuar el choque.

La sacudida, sin embargo, fue tal, que las dos naves se inclinaron de una manera espantosa, la una a babor y a estribor la otra.

La voz del hijo del Corsario Rojo vibró como el eco de un clarín.

—¡A mí los bucaneros!… ¡Al puente los hombres de baterías!…

Precipitóse hacia el castillo de proa, seguido del gascón que hacía con su acero terribles molinetes, de Mendoza, que esgrimía un hacha, y de los bucaneros, que habían vuelto a cargar sus arcabuces.

Treinta o cuarenta españoles invadieron el alcázar para cerrar el paso a los invasores, gritando con toda la fuerza de sus pulmones:


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