El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—¡Mueran los corsarios!… ¡Al agua con ellos!…

El conde de Ventimiglia, el gascón y Mendoza fueron los primeros, corriendo por el bauprés, en caer sobre la nave española, descargando las pistolas, y en asaltar el alcázar.

Precisamente en aquel instante la fragata que no estaba sujetada todavía al galeón con los garfios, retrocedió dejando a los tres valientes.

El momento era trágico, porque los bucaneros no podían lanzarse al abordaje; hubieran tenido que salvar, de un salto media docena de metros, cosa absolutamente imposible aun para aquellos intrépidos cazadores, por ágiles que fuesen.

Un grito resonó a borda de la fragata.

—¡Salvemos al conde!…

Los españoles, armados con espadas, hachas y alabardas, arrojáronse sobre los tres audaces invasores, seguros de vencerlos con facilidad. Tenían, sin embargo, que habérselas con tiradores formidables.

El señor de Ventimiglia, sin aterrarse ante lo crítico de la situación, trabó resueltamente la lucha, esperando a que bucaneros y filibusteros corriesen en su auxilio.

Digno sobrino del Corsario Negro, el tirador más famoso del Golfo de México, lanzóse sobre los enemigos con ímpetu feroz, trabando un combate homérico.


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