El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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El gascón, como si quisiera demostrar que si los hijos de su tierra eran fanfarrones, poseían brazos robustos y corazones intrépidos, le seguía, asestando golpes furiosos y gritando como un energúmeno:

—¡Paso a los gascones!…

Mendoza, por su parte, descargaba hachazos tremendos, dividiendo yelmos y corazas y rompiendo espadas y alabardas.

Parecían tres diablos desencadenados.

Silbaba la espada del conde y chocaban de una manera formidable el acero del gascón y el hacha del vizcaíno.

Sin embargo, la lucha de tres contra ciento, porque las escotillas del galeón no dejaban de vomitar hombres, no podía durar mucho tiempo sin auxilio de los bucaneros.

Viendo al conde en peligro, aquellos maravillosos tiradores abrieron un tiroteo vivísimo, que los gavieros, desde las cofas, dejaban caer cogiendo de costado a los españoles, en tanto lanzaban granadas de las que entonces se utilizaban para ser lanzadas con la mano, sin preocuparse del peligro de que estallasen bajo sus ojos.

Entre tanto los marineros de la fragata no permanecían ociosos. Con increíble rapidez arrojaron los garfios de abordaje, para unir a los dos barcos en estrecho y peligroso abrazo.


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