El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¿Suponéis que he asaltado el galeón por el capricho de saquearlo o de causar estragos en sus tripulantes? Soy un filibustero muy distinto de los demás.
—Y del resto de la tripulación, ¿qué haréis?
—Dejarla en libertad —contestó el señor de Ventimiglia.
—¿Qué decÃs?
—Que queda en libertad, repito.
—Y entonces, ¿este furioso combate no tenÃa más objeto que el de hacerme prisionero? —preguntó el secretario del marqués de Montelimar, estupefacto.
—Precisamente.
—Pero ¿qué es lo que de mà deseáis?
—No puedo decÃroslo ahora mismo. Pasad a mi fragata y que el galeón continúe su viaje.
—¿Sin saquearlo? —preguntó el capitán, adelantándose.
El conde le contempló algunos instantes, sonriendo de su sorpresa; luego dijo:
—¿En cuánto estimáis las riquezas que contiene vuestro barco capitán?
—En diez mil doblones.
—¿No lleváis barras de oro?
—Ninguna.
—Pagaré a mi gente los doblones que hubiera podido saquear en vuestra nave —contestó el conde.
—¿Y la bandera de España?