El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Continuará ondeando en el asta de popa —respondió el conde—. El pabellón español no se humilla ante el hijo del Corsario Rojo, mejor dicho, ante el conde de Ventimiglia. Vaya, todos sois libres, con excepción del secretario del marqués de Montelimar.
El capitán del galeón, que conservaba en la mano la espada, tinta en la sangre de los filibusteros, hizo ademán de arrojarla a tierra, pero el conde le detuvo con un gesto rápido, diciéndole:
—Conservadla, señor, para otras batallas más afortunadas; yo no soy, como la mayorÃa de los filibusteros enemigo jurado de vuestra raza. Me basta con cumplir mi misión.
—¿Cuál es?
—Constituye un secreto que no puedo confiaros. Señor de Robles, ¿queréis seguirme, o no? De vuestra respuesta depende la salvación de este barco. Si os negáis, juro que no quedará del galeón ni una tabla flotante, que daré a mi gente la orden de saqueo y mandaré arriar la bandera española. Os concedo un solo minuto, nada más.
El secretario del marqués de Montelimar vaciló breves instantes; luego dijo:
—Antes que ver humillada a la bandera de mi patria, me entrego, señor conde. ConfÃo mi vida a vuestra lealtad…
El señor de Ventimiglia no contestó.