El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Entonces el secretario avanzó algunos pasos.
—Aquà me tenéis conde —dijo.
—A bordo, amigos mÃos —ordenó el corsario.
Filibusteros y bucaneros abandonaron la barricada y se dirigieron lentamente hacia la fragata, sin dejar de apuntar con los arcabuces a los españoles, por miedo a una sorpresa.
El secretario del marqués de Montelimar, intensamente pálido, los seguÃa.
Cuando el hijo del Corsario Rojo los vio atravesar el bauprés y poner el pie en el castillo de proa del «Rayo», gritó con voz tonante.
—Retirad los garfios de abordaje y desplegad las velas.
La maniobra fue ejecutada por los marineros de servicio, en tanto que los artilleros, temerosos de una sorpresa, permanecÃan inmóviles en las baterÃas.
El conde, de pie en la elevada proa de la fragata, quitóse el sombrero, y después de levantar la espada, la bajó, gritando a sus subordinados:
—¡Saludad la insignia de la vieja España! ¡Os lo ordena el sobrino del Corsario Negro y del Verde! ¡Saludad a los valientes!