El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo En tanto que la fragata, libre de los garfios de abordaje, retrocedía lentamente, los bucaneros hicieron una descarga con los arcabuces, apuntando hacia arriba, con no poco asombro de los españoles, que continuaban agrupados en el castillo de proa del galeón.
Los hijos de la hidalga tierra española no quisieron ser menos que los filibusteros y disparaban también al aire, gritando:
—¡Buen viaje!
La fragata emprendió de nuevo su ruta hacia el poniente, mientras el galeón, que había salido mal parado de la refriega, ponía la proa hacia la costa dominicana para buscar refugio en cualquier puerto.
—¡Mil truenos! —exclamó el gascón, cuando los dos barcos se hallaron distanciados trescientos o cuatrocientos metros—. ¡Estos son combates!… Pero el caso es que después de tantas fatigas, no he sacado un maravedí. Si hubiese estado en el puesto del señor de Ventimiglia, de seguro que no dejo un doblón siquiera en aquel maldito buque. ¡Veinte muertos por apoderarse de un mísero secretario! ¡Esto no valía una pipa de tabaco!
Volvióse hacia Mendoza, que no menos avaro que él, contaba el dinero que el conde, como hombre de palabra, había hecho distribuir en compensación de los diez mil doblones que llevaba a bordo el barco español.