El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Hola, compadre! —exclamó—. Por lo visto os han pagado.
—El conde es un perfecto caballero —dijo Mendoza—. Tiene palabra de rey.
—Pues no os olvidéis de aquel doblón que apostamos en la bodega de la marquesa. ¿Era Jerez o Alicante?
—Jerez.
—Los vizcaÃnos son menos atentos que los gascones. ¡Vive Dios!… Era Alicante. De vinos españoles entiendo mucho.
—Los vizcaÃnos son muy atentos —contestó gravemente Mendoza—. Reconozco mi error; mas por ahora, amigo Barrejo, no cobraréis vuestro doblón, porque habiéndolo apostado en una bodega, en otra bodega debemos beberlo. ¿Qué os parece?
—En mi vida he visto una persona más astuta —refunfuñó Barrejo. Yo creÃa que los gascones eran los más astutos del orbe, pero ahora descubro, que los vizcaÃnos son…
—¿Qué?… —preguntó Mendoza riendo.
—La flor de la truhanerÃa.
—¿Queréis provocarme, amigo Barrejo? Ya sabÃa que los gascones son espadachines y además camorristas.
—¿Y los vizcaÃnos?
—Testarudos.