El hijo del Corsario Rojo

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—Una palabra muy sonora que nada dice —replicó el gascón.

—¡Caracoles!… Quiere decir que cuando un vizcaíno afirma una cosa, vivo o muerto será siempre aquello.

—¡Ah!… ¡Ya comprendo!… Aludís a lo de beber el doblón —dijo el aventurero, riendo.

—Veo que sois perspicaz.

—¡Que el diablo os lleve!

—Tened por seguro que nos beberemos el dinero en cualquier taberna de la América Central —replicó Mendoza.

En tanto que los dos camaradas discutían acerca del doblón y la fragata proseguía su rumbo hacia poniente, reparando lo mejor posible los daños sufridos en el encarnizado combate, el señor de Ventimiglia rogó cortésmente al secretario del marqués de Montelimar que le siguiese a su camarote.

—Sentaos, caballero —dijo el conde, después de cerrar la puerta, indicándole una silla—. Tenemos mucho que hablar.

—Me asombra extraordinariamente —contestó el señor Robles, que aparecía pálido y muy agitado—. Creo, señor, que nos vemos por vez primera.

—No es así, porque desde hace algunos meses me encuentro en aguas del golfo de México.

—¿Con qué objeto?


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