El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—El gato tiene miedo —dijo Barrejo—. ¡Diablo!… se huele a un matagatos.

Apenas había pronunciado estas palabras, cuando el jaguar se arrojó sobre él con tal ímpetu, que lo hizo caer con las piernas por alto.

Mendoza, que estaba al lado, extendió el brazo y hundió la espada en las carnes del animal, en tanto que el flamenco, disparaba a quemarropa.

—¡Mil truenos! —exclamó el gascón, levantándose en seguida, y por fortuna suya, incólume. ¿Qué gatos hay por estas tierras? No eran así los que yo perseguía cuando muchacho. ¿Le habéis dado muerte, Mendoza?

—No lo sé —contestó el vizcaíno—. Sin embargo, mi acero está ensangrentado.

—Y mi bala debe habérsele alojado en el cuerpo —añadió el flamenco—. Apostaría a que lo he dejado ciego.

—He aquí un hombre maravilloso —dijo Barrejo—. Yo apenas he visto al gato y él le ha saltado los ojos.

—Es flamenco —observó Mendoza.

—¿Y qué queréis decir con eso? —preguntó.

—Que es medio gascón, ya que no lo sea del todo.

Barrejo y el flamenco soltaron una estrepitosa carcajada.


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