El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Y Mendoza es vizcaíno —dijo el primero.
—Sí, vizcaíno —repitió el segundo con voz grave.
—Que trabaja con las piernas para no dejarse sorprender nuevamente por el gato ciego —contestó Mendoza, reanudando la carrera.
Sus dos camaradas le siguieron sin vacilar, porque no estaban completamente seguros de que el jaguar hubiera quedado ciego.
Aquella segunda marcha duró cerca de veinte minutos; luego, Mendoza, que observaba atentamente la orilla del Chagres, se detuvo, señalando a sus compañeros algunas hogueras, que brillaban bajo los árboles.
—¿Otra vez los indios? —preguntó el gascón.
—Es el campamento del conde —contestó el vizcaíno—. Estoy seguro de que no me engaño.
En aquel instante una voz ronca gritó con tono amenazador:
—¿Quién vive? ¡Responded o hago fuego!
—Mendoza —contestó el vizcaíno.
—¡Adelante!…
Cuatro hombres armados de arcabuces y de pistolas salieron de la espesura, seguidos de otro que llevaba una antorcha.
—¡El lobo de mar! —exclamó uno de los centinelas—. Mucho habéis tardado en dar señales de vida, compañero. ¿Hay buen vino en Pueblo Viejo?