El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —¡Al fin! —exclamó el señor de Ventimiglia, que sentado en el viejo tronco de un árbol examinaba, a la luz de una antorcha, una especie de carta geográfica de los alrededores—. Comenzaba a temer que te hubiesen cogido preso o ahorcado.
—Nada de eso, señor conde —contestó el lobo de mar—. Cuando me acompaña ese diablo de gascón no corro peligro alguno.
—¿Habéis estado, pues…?
—SÃ, el marqués de Montelimar se encuentra en Pueblo Viejo. Barrejo ha hablado con él y hasta tomado el chocolate. Él mismo os lo explicará más tarde.
—Y mi hermana, ¿está all�
—Eso nos ha sido imposible averiguarlo. Hemos sabido, sin embargo, que hasta hace poco tiempo vivÃa con el marqués una bellÃsima mestiza, llegada no se sabe de dónde; después desapareció misteriosamente…
El conde levantó la cabeza; en su rostro se reflejaba emoción profunda.
—¿Será mi hermana?
—Es probable.
—Necesito que el marqués caiga en mis manos.
—Lo mismo creo, señor conde.
—¿Sabéis cuántos soldados hay en la ciudad?
—Doscientos o trescientos jinetes y una compañÃa de arcabuceros.
—¿Y artillerÃa?