El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Pocas piezas.

—La tomaremos por asalto antes de medianoche —contestó el conde resueltamente. ¿Sabes que he recibido refuerzos?

—He observado la presencia de hombres que no conocía.

—Los correos que envié a las playas del Pacífico para pedir auxilios a Grogner y a Tusley, encontraron una partida de filibusteros, compuesta de setenta y cinco hombres, mandada por un caballero francés, el señor Raveneau de Lussan[1].

—Y cincuenta que tenéis a vuestras órdenes, hacen un buen total —dijo Mendoza.

—¿Conocéis ya el camino?

—Sí, señor conde.

—¿Podemos llegar a Pueblo Viejo al amanecer?

—Y aún antes.

El conde salió de la tienda y disparó al aire un pistoletazo.

Aquella era la señal de reunión.

Los hombres que se hallaban sentados en torno de las hogueras o de centinelas en los cuatro ángulos del campamento, se levantaron al punto y se dirigieron en masa hacia la tienda, precedidos de un caballero de baja estatura, que llevaba una coraza de acero en medio de la cual brillaba un escudo dorado: era Raveneau de Lussan.

—¿Partimos, conde? —preguntó con voz nasal.


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