El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Media hora antes de que apuntase el sol, los filibusteros, sin tropezar con ninguna de las cincuentenas encargadas de recorrer durante toda la noche las selvas próximas a la ciudad, se hallaba a pocos tiros de arcabuz de Pueblo Viejo.
Como la mayor parte de las pequeñas ciudades levantadas en el istmo de Panamá, esta, no muy populosa y distante de los dos océanos, no tenía más que algunas viejas murallas y un foso facilísimo de saltar con auxilio de haces de leña.
Para los filibusteros, acostumbrados a escalar altísimos fuertes defendidos por formidables piezas de artillería, aquello resultaba un juego.
El hijo del Corsario Rojo dividió a sus hombres en dos columnas, confiando el mando de la menos numerosa al caballero francés, y apenas despuntó el primer rayo del sol, lanzóse resueltamente al ataque.
Los centinelas españoles, que vigilaban desde la muralla, al descubrir aquellos grupos de hombres que avanzaban a través de las plantaciones de azúcar y café, no vacilaron en dar la voz de alarma y disparar algunos arcabuzazos.
No se cuidaron de responder los filibusteros. Dirigidos por el conde, por Mendoza y por el gascón, atravesaron rápidamente el foso, llenándolo de leña; en seguida rompieron el fuego contra las primeras casas, haciendo escapar a los moradores medio desnudos.