El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Tan repentino fue el ataque, que nadie opuso resistencia. Los filibusteros invadieron las calles de la ciudad a paso de carga, en tanto que Raveneau de Lussan se apoderaba, con no menor fortuna, del viejo bastión, haciendo clavar en seguida los pocos cañones que lo guarnecían, más a propósito para espantar a los tica-tica que saqueaban las plantaciones, que a hombres tan resueltos y formidables como eran los corsarios del Golfo de México y del Océano Pacífico.
Los habitantes despertáronse sobresaltados al oír aquellas descargas, y corrieron hacia la plaza mayor, donde se levantaba la iglesia, que podía servir de fortaleza, y al palacio del gobernador.
Hombres, mujeres y niños atropellábanse al huir, cargados con los objetos preciosos que encontraban a mano.
Ya creían los filibusteros ser dueños de la ciudad, cuando descubrieron ante la iglesia dos escuadrones de caballería, espada en mano.
Eran cerca de ciento cincuenta hombres, bien montados y mejor armados; mucho habrían dado que hacer a los invasores si estos no hubiesen sido considerados como invencibles, por suponérseles hijos del infierno.
El conde de Ventimiglia avanzó resueltamente hacia la iglesia, gritando:
—¡Fuego, valientes!…